BLANCANIEVES
Yo era la más hermosa, de piel tersa y
blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y cabellos negros como el
ébano, no tenía mancha alguna. Pero los tiempos han cambiado, ya nadie me toma
en cuenta.
Mis piernas tiemblan, estoy desesperada,
pues el tiempo me ha despojado de mi belleza, lo admito, estoy marchitándome,
ya lo sabía desde hace mucho tiempo, pero no quería aceptarlo y hacía lo
imposible para aparentar ser la misma niña de hace veinte años. Pero ya no
tengo esa misma inocencia, esa misma pureza, ya nadie me quiere sacar a pasear
como lo hacían los animales del bosque.
Siempre me muestro delicada, sensible y
carismática, pero mi comportamiento va más allá de lo aparente, he perdido la
cabeza, el aturdimiento recorre cada célula de mi cuerpo. Mi piel tersa y
blanca ha sido corrompida por las arrugas, ojalá mi madre me hubiera arrancado
el corazón, así no estaría sufriendo como ahora. Quiero llorar, pero sé que las
lágrimas deteriorarán mis ojos y no quiero estropearme más de lo que estoy.
Ojalá los enanos me hubieran dejado en
el ataúd de cristal, así mi belleza se habría conservado por la eternidad sin
descomponerse. El desdichado príncipe me despertó con un beso, él dijo que me honraría y reverenciaría como a lo que más quiere,
pero ya no le intereso, me ha abandonado, dejándome este condenado cargo de
Reina. Un día desperté de madrugada y vi como a lo lejos se marchaba hacia el
alba, estaba claro, ya no me amaba, desde hace mucho no me miraba a los ojos.
Nadie va a quitarme mi
corona, pero ya estoy cansada de mantener está ridícula postura, de caminar erguida, de vestirme y comportarme adecuadamente,
de saludar con mi mano de princesa, pues las manos de princesa saben hablar, y
con apenas levantar mi mano dejo a mi pueblo amado complacido. Estoy extenuada
de tener que asistir a esas reuniones diplomáticas interminables, yo quiero
quedarme en mi casa, pero tengo que decidir el futuro del país, y si tomo una
mala decisión, todos se vienen en contra mía, y siento que quieren matarme,
como lo hicieron con María Antonieta en la guillotina. Todos piensan que ser
reina es un cargo fácil, que gozo de todos los privilegios, pero no es cierto,
a nosotras nos forman desde pequeñas, nos enseñan hasta como debemos hablar, no
tenemos libertad de expresión, siempre debemos decir lo correcto acorde a la
sociedad, debemos dirigirnos a los demás cortésmente y no levantar la voz,
mantenernos calmadas y mostrar un comportamiento íntegro, pues somos el ejemplo
del pueblo. No tenemos tiempo ni para respirar, es por eso que tomo
anfetaminas, para mantenerme activa y delgada, incluso he creado una adicción,
es por eso que siempre estoy agitada, pero nadie debe enterarse de esto, el
pueblo amado se decepcionaría.
Ojalá me hubiera
quedado con los enanos, ahí solo tenía que ocuparme de cocinar, hacer las
camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio, no tendría
esta presión que proporcionan los ministros, que me obligan a firmar papeles
que ni siquiera leo, no me sorprendería que a uno de ellos le haya regalado un gran
terreno de mi mansión.
He intentado de todo,
desde las cirugías plásticas hasta incluso he tratado de congelarme. Mandé a
los enanos a construir una cámara de congelación, así me congelaría en el
tiempo y mi belleza perduraría por siempre, todo iba bien, pero los ministros
lo descubrieron y cuando apenas iba cuatro horas en el frigorífico vinieron a
sacarme, dijeron que este hecho no saldría a la luz para proteger mi imagen,
pero en realidad ellos me utilizan para hacer lo que quieren, para poner el
futuro del país en sus manos a través de mí, pues siempre he sido débil de
carácter y me dejo manipular.
Siempre creí que los
enanos me adoraban, pues siempre me apoyaban, pero cuando le pregunté a gruñón
si me amaba, me contestó que su juicio no le daba para tanto, que en esta vida
no existen los pequeños amores, sino, personas enanas con sentimientos enanos,
y él era uno de ellas. Yo sé que soy una buena amante, que puedo entregar hasta
el alma, pero entonces ¿Por qué el príncipe me ha abandonado? Él tampoco tiene
el juicio necesario para amarme o es que ya no soy lo suficientemente buena
para él.
Recuerdo aquellos días
en que mi madrasta me mandaba a recoger flores, solía cantar junto a las aves agraciadas
melodías, que usurpaban el alma del que las oía, realmente era feliz. ¡Cuánto
extraño a mi madrastra! Ella si tenía el carácter para gobernar, con aquella
mirada penetrante y su caminar tan firme, si algo le salía mal, de todas formas
tenía la magia negra para remendarlo. Ella era la vil figura de la maldad, pero
a la vez imagen del poder y la confianza, solo alguien así puede gobernar.
Asesiné al mi ministro
de salud, espero que no se precipiten a juzgarme por psicópata, pues todo fue
un error. Estábamos discutiendo sobre los beneficios y perjuicios de crear un
hospital gratuito, para personas con
déficit económico, yo estaba de acuerdo, pero a él no le parecía conveniente, sabía
que su sueldo bajaría para poder sustentar las necesidades de los doctores,
incontable sueldo, que le sobra tanto como para mantener una familia de cinco
personas y subirla a la cúspide de la pirámide social. Saturada de tanta
tensión mandé a que me enviaran la manzana envenenada que guardaba con tanta
meticulosidad, pues decidí que ya era el momento, que morir ante los ojos del
ministro provocaría tal escándalo, que acabaría siendo la inocente de la
historia, que murió injustamente, asesinada por el infame ministro interesado
en las riquezas de la corona, pero por error escogí la manzana equivocada y al
desafortunado ministro le tocó la envenenada, segundos después de su mordida se
revolcó en el piso, asfixiándose por la incapacidad para respirar que producía el
exquisito veneno. Debo admitir que su muerte además de causarme exasperación,
me causó cierto deleite. Ese debió ser el instante en el que perdí la cordura,
pues llevé su cuerpo a mi cocina personal, lo puse a hervir y le agregue azúcar
y más azúcar, hasta convertir al mísero hombre en almíbar, almíbar que di a los
demás ministros y a mi pueblo amado, todos estaban encantados y gozosos, que no
se habían percatado que faltaba uno de ellos. El ministro se lo merecía pues no
era más que un enano que por tanto lavarse las manos, echándome la culpa de sus
responsabilidades a mí, se había encogido como la ropa.
Yo no escogí ser reina,
menos aún ser la más hermosa para que el tiempo me arrebate de ello, lo más
preciado de mi ser, mi belleza y la candidez de mi alma se pudren con cada
segundo. Yo también quería ser amada por mi manera de ser, pero el carecer de
carácter simplemente me mantiene en la soledad.
Estoy cansada de que el
espejo mágico declare que ya no soy las más hermosa del reino. Le pregunté al
enano por segunda vez si me amaba, me respondió que soy su amor platónico y que
por lo tanto jamás podrá amarme de verdad, entonces dejé caer por primera vez lágrimas
de suplicio, pues si el amor sirve para algo es para perder la calma.
Yo era el centro del
cuento, más bien, el cuento era que yo era el centro, pero ahora el cuento es
que ya nadie me toma en cuenta. Una imagen, un reflejo en río, un rostro jamás
acariciado, un eco jamás escuchado, yo solo fui una cuando pude ser tantas. Ahora
solo me queda aceptarlo todo, ocasionándome tensión, que a la vez produce una excentricidad
que desea estallar. El enano no me ama, ni un poco, no tengo ni el derecho de amar.
BIBLIOGRAFÍA
Director Diego Aramburo,
Obra teatral Blancanieves, 2013.
Walt Disney, Película
Blancanieves y los siete enanitos, 1937.