Caer

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Todos podemos expresarnos

martes, 11 de marzo de 2014

Blancanieves

BLANCANIEVES
Yo era la más hermosa, de piel tersa y blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y cabellos negros como el ébano, no tenía mancha alguna. Pero los tiempos han cambiado, ya nadie me toma en cuenta.
Mis piernas tiemblan, estoy desesperada, pues el tiempo me ha despojado de mi belleza, lo admito, estoy marchitándome, ya lo sabía desde hace mucho tiempo, pero no quería aceptarlo y hacía lo imposible para aparentar ser la misma niña de hace veinte años. Pero ya no tengo esa misma inocencia, esa misma pureza, ya nadie me quiere sacar a pasear como lo hacían los animales del bosque.
Siempre me muestro delicada, sensible y carismática, pero mi comportamiento va más allá de lo aparente, he perdido la cabeza, el aturdimiento recorre cada célula de mi cuerpo. Mi piel tersa y blanca ha sido corrompida por las arrugas, ojalá mi madre me hubiera arrancado el corazón, así no estaría sufriendo como ahora. Quiero llorar, pero sé que las lágrimas deteriorarán mis ojos y no quiero estropearme más de lo que estoy.
Ojalá los enanos me hubieran dejado en el ataúd de cristal, así mi belleza se habría conservado por la eternidad sin descomponerse. El desdichado príncipe me despertó con un beso, él dijo que me honraría y reverenciaría como a lo que más quiere, pero ya no le intereso, me ha abandonado, dejándome este condenado cargo de Reina. Un día desperté de madrugada y vi como a lo lejos se marchaba hacia el alba, estaba claro, ya no me amaba, desde hace mucho no me miraba a los ojos.
Nadie va a quitarme mi corona, pero ya estoy cansada de mantener está ridícula postura,  de caminar erguida, de vestirme y comportarme adecuadamente, de saludar con mi mano de princesa, pues las manos de princesa saben hablar, y con apenas levantar mi mano dejo a mi pueblo amado complacido. Estoy extenuada de tener que asistir a esas reuniones diplomáticas interminables, yo quiero quedarme en mi casa, pero tengo que decidir el futuro del país, y si tomo una mala decisión, todos se vienen en contra mía, y siento que quieren matarme, como lo hicieron con María Antonieta en la guillotina. Todos piensan que ser reina es un cargo fácil, que gozo de todos los privilegios, pero no es cierto, a nosotras nos forman desde pequeñas, nos enseñan hasta como debemos hablar, no tenemos libertad de expresión, siempre debemos decir lo correcto acorde a la sociedad, debemos dirigirnos a los demás cortésmente y no levantar la voz, mantenernos calmadas y mostrar un comportamiento íntegro, pues somos el ejemplo del pueblo. No tenemos tiempo ni para respirar, es por eso que tomo anfetaminas, para mantenerme activa y delgada, incluso he creado una adicción, es por eso que siempre estoy agitada, pero nadie debe enterarse de esto, el pueblo amado se decepcionaría.
Ojalá me hubiera quedado con los enanos, ahí solo tenía que ocuparme de cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio, no tendría esta presión que proporcionan los ministros, que me obligan a firmar papeles que ni siquiera leo, no me sorprendería que a uno de ellos le haya regalado un gran terreno de mi mansión.
He intentado de todo, desde las cirugías plásticas hasta incluso he tratado de congelarme. Mandé a los enanos a construir una cámara de congelación, así me congelaría en el tiempo y mi belleza perduraría por siempre, todo iba bien, pero los ministros lo descubrieron y cuando apenas iba cuatro horas en el frigorífico vinieron a sacarme, dijeron que este hecho no saldría a la luz para proteger mi imagen, pero en realidad ellos me utilizan para hacer lo que quieren, para poner el futuro del país en sus manos a través de mí, pues siempre he sido débil de carácter y me dejo manipular.
Siempre creí que los enanos me adoraban, pues siempre me apoyaban, pero cuando le pregunté a gruñón si me amaba, me contestó que su juicio no le daba para tanto, que en esta vida no existen los pequeños amores, sino, personas enanas con sentimientos enanos, y él era uno de ellas. Yo sé que soy una buena amante, que puedo entregar hasta el alma, pero entonces ¿Por qué el príncipe me ha abandonado? Él tampoco tiene el juicio necesario para amarme o es que ya no soy lo suficientemente buena para él.
Recuerdo aquellos días en que mi madrasta me mandaba a recoger flores, solía cantar junto a las aves agraciadas melodías, que usurpaban el alma del que las oía, realmente era feliz. ¡Cuánto extraño a mi madrastra! Ella si tenía el carácter para gobernar, con aquella mirada penetrante y su caminar tan firme, si algo le salía mal, de todas formas tenía la magia negra para remendarlo. Ella era la vil figura de la maldad, pero a la vez imagen del poder y la confianza, solo alguien así puede gobernar.
Asesiné al mi ministro de salud, espero que no se precipiten a juzgarme por psicópata, pues todo fue un error. Estábamos discutiendo sobre los beneficios y perjuicios de crear un hospital gratuito,  para personas con déficit económico, yo estaba de acuerdo, pero a él no le parecía conveniente, sabía que su sueldo bajaría para poder sustentar las necesidades de los doctores, incontable sueldo, que le sobra tanto como para mantener una familia de cinco personas y subirla a la cúspide de la pirámide social. Saturada de tanta tensión mandé a que me enviaran la manzana envenenada que guardaba con tanta meticulosidad, pues decidí que ya era el momento, que morir ante los ojos del ministro provocaría tal escándalo, que acabaría siendo la inocente de la historia, que murió injustamente, asesinada por el infame ministro interesado en las riquezas de la corona, pero por error escogí la manzana equivocada y al desafortunado ministro le tocó la envenenada, segundos después de su mordida se revolcó en el piso, asfixiándose por la incapacidad para respirar que producía el exquisito veneno. Debo admitir que su muerte además de causarme exasperación, me causó cierto deleite. Ese debió ser el instante en el que perdí la cordura, pues llevé su cuerpo a mi cocina personal, lo puse a hervir y le agregue azúcar y más azúcar, hasta convertir al mísero hombre en almíbar, almíbar que di a los demás ministros y a mi pueblo amado, todos estaban encantados y gozosos, que no se habían percatado que faltaba uno de ellos. El ministro se lo merecía pues no era más que un enano que por tanto lavarse las manos, echándome la culpa de sus responsabilidades a mí, se había encogido como la ropa.
Yo no escogí ser reina, menos aún ser la más hermosa para que el tiempo me arrebate de ello, lo más preciado de mi ser, mi belleza y la candidez de mi alma se pudren con cada segundo. Yo también quería ser amada por mi manera de ser, pero el carecer de carácter simplemente me mantiene en la soledad.
Estoy cansada de que el espejo mágico declare que ya no soy las más hermosa del reino. Le pregunté al enano por segunda vez si me amaba, me respondió que soy su amor platónico y que por lo tanto jamás podrá amarme de verdad, entonces dejé caer por primera vez lágrimas de suplicio, pues si el amor sirve para algo es para perder la calma.
Yo era el centro del cuento, más bien, el cuento era que yo era el centro, pero ahora el cuento es que ya nadie me toma en cuenta. Una imagen, un reflejo en río, un rostro jamás acariciado, un eco jamás escuchado, yo solo fui una cuando pude ser tantas. Ahora solo me queda aceptarlo todo, ocasionándome tensión, que a la vez produce una excentricidad que desea estallar. El enano no me ama, ni un poco, no tengo ni el derecho de amar.



BIBLIOGRAFÍA
Director Diego Aramburo, Obra teatral Blancanieves, 2013.
Walt Disney, Película Blancanieves y los siete enanitos, 1937.

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